"(...) la besé por todo el cuerpo hasta quedarme sin aliento:
la espina dorsal, vértebra por vértebra, hasta las nalgas lánguidas, el costado del lunar, el de su corazón inagotable.
A medida que la besaba aumentaba el calor de su cuerpo y exhalaba una fragancia montuna.
Ella me respondió con vibraciones nuevas en cada pulgada de su piel, y en cada una encontré un calor distinto, un sabor proprio, un gemido nuevo, y toda ella resonó por dentro con un arpegio y sus pezones se abrieron en flor sin tocarlos (...)"
Gabriel Gárcia Márquez en Memória de mis putas tristes